viernes, 17 de febrero de 2017

Barcelona nada molona


Esta semana que acaba, he pasado unos ratos en Barcelona. De visita.

Barcelona ciudad, eh, no me refiero a los pueblos satélites, que están llenos de delincuentes y gente que lleva los pantalones un palmo por encima del tobillo, sin calcetines pero con bufanda. No, no. Barcelona ciudad.

Había quedado con unos seres humanos para ir a comer, pero al llegar temprano, decidí resguardarme de una lluvia infernal en un centro comercial. L' Illa Diagonal, se llama.

Planta de arriba. Quiero un café. Entro en un sitio que se llama 'Brunch & Cake'. Así, a lo loco.
Cuando me quito la chaqueta, aparco el paraguas y voy a sacar el diario para leer, veo que no hay espacio en la mesa para el diario.

Estoy a punto de largarme, pero vienen a tomarme nota antes de emigrar.
Viene un camarero cachitas con pantalones un palmo por encima del tobillo, calcetines de los que no suben más del zapato, pantalones negros (pitillo), camiseta blanca ceñida, y tirantes. Muchos tatuajes, barba bien mal afeitada, y el pelo con un cuarto de kg de gomina. Raya al lado.

Quiero un café con leche y algo dulce. Pregunto.
Al decir café con leche me replica con algo italiano que si mocachino o su puta madre.
Y sobre lo dulce me dice que tiene cupcakes, muffins y cakes de cosas con frutas.

Me cago en su puta madre.

Cuando creo que me ha tocado el camarero imbécil, pasan dos más, que estaban atendiendo las mesas del pasillo central del centro comercial. Dos cachitas más, con sus pantalones encogidos, sus calcetines tímidos, pantalones Michael Jackson, camiseta imperio y tirantes. Misma barba bien mal afeitada, tatoos y demás. Tendrán una máquina de hacer camareros iguales. Como en Westworld, pienso.

Bueno.

El café con leche me lo sirven en esto:




No, no es broma. Un café con leche en un tarro de mermelada y tapón rollo mantel de la abuela.
Me giro para la barra para ver qué demonios es el sitio donde he entrado, y veo que hay un cartel que pone que... bueno, el carte dice esto:




'In Grandmothers we trust'. Que confían en las abuelas.
A las abuelas, precisamente, les fliparía haber robado los muebles, porque el sitio está lleno de muebles nuevos que pretenden ser viejos. Blancos, desconchados. Falsos.

Me tomo el café con leche y me piro.
Sus muertos.

Me dirijo a una pizzeria que me han recomendado mucho. NONNA MARIA.

Llego antes que mis acompañantes. Me acompañan a la mesa.
El local es muy bonito. Pequeño y bonito. Y acogedor.

Hay una cosa curiosa, y es que por lo visto, cada mes, un chef de otros restaurantes, les diseña una pizza. Me parece oir que no es una cuestión de llamada telefónica sino que el chef en cuestión se desplaza allí, y hacen la receta, modificándola si es necesario, supongo, hasta que dan en el clavo. Eso parece algo guay.

Este mes, la pizza del chef es idea de Nandu Jubany, del restaurante Cal Jubany, en Calldetenes.
Su propuesta es una pizza con tartar de gambas, alioli suave de azafrán y aceite (creo recordar) de gambas.

Bueno, pedimos esa y una de calçots (unas cebollas como palitos) con salsa romesco.
La carta de vinos fue una sorpresa.

La primera sorpresa, porque no me había dado cuenta, es que en el librito con la carta de comida y la carta de vinos, la primera página viene con una breve presentación del personal.

Decía la página, que la chica que atendía la sala era uruguaya, que le apasionaban los vinos y que era muy muy simpática. Yo la cogería en mal día.

Decía la página, también, que el cocinero era 'El Guapo'.

Y así todos los que trabajan allí.

A mí, me parece una cagada. Por varias razones.
La primera, cogiendo el ejemplo de la chica que atiende la sala, por el asunto de poner unas expectativas muy altas. Luego pasa lo de las decepciones.
La segunda, porque me parece una cosa chorra de mirarse el ombligo y de querer ser guay; y cuando uno viene de que le pongan un puto café con leche en un tarro de mermelada, un cachitas con barba, tatuaje y todo el manual de instrucciones del hipsterismo,  no está para aguantar ya más chorradas.

Yo cuando voy a comer quiero que el sitio esté limpio, que el personal sea razonablemente amable, buenamente profesional, que la comida esté rica, y que haya buen vino. Y buenos postres y buen café. Y que no me calienten la cabeza ni me paseen sus complejos por la cara. Quiero comer, beber, pagar y largarme.

Bueno, pues la carta de vinos, sobre la que no sé si la chica simpática apasionada de los vinos tenía alguna responsabilidad, era un desastre. En mi opinión, claro. Tintos hijoputatívos robustísimos, y blancos hijoputativos. Yo no quiero 15 grados en un tinto para comer una pizza. Es mi gusto, eh, quizá haya quien sí.

Aunque se ve que el resto del restaurante pensaba lo mismo que yo, porque aunque no me fijé en todas las mesas, sí que en todas las mesas en las que me fijé, había cerveza y/o agua. Se debe ganar mucho dinero con la cerveza y el agua para ganar más de lo que se le puede cargar a un vino. No sé. O eso, o se pierde dinero teniendo una carta que no invita a beber vino.

¿Las pizzas? Buenísimas. Buenísimas de verdad. Más la ideada por Nandu Jubany. Un alioli suavísimo y maravillosamente subido de azafrán (no seáis roñas con el azafrán) sobre un tartar de gambas rico.

¿Los precios? Para ir cada día a comer. Sin duda.

Hacen además un menú del día que creo recordar vale unos 12.50€ y tenía muy buena pinta.

Hacíamos broma en la mesa sobre lo que nos extrañaba que no hubieran traído nada en un bote de mermelada de esos hipsters, y...Bum!!! ¿Dónde sirven el tiramisú? BUM!!!! en un bote hipsters de esos. Mal.

En fin, creo que esto de la gastronomía se ha convertido en un desfile de carnaval, incluso en los sitios donde te dan bien de comer. ¿Tiene remedio? Creo que sólo si empezamos a decirle a la gente, que nos importa una puta mierda si el chef es guapo, si la responsable de sala es muy muy simpática, o lo que cojones se le ocurra a alguien para ser muy trendy. Hay que empezar a decir las cosas, porque esto está fuera de control.

Y otra cosa: mientras sirváis vinos que no van acordes a vuestra comida, estáis palmando pasta. Vosotros mismos, restauradores que dejáis que una distribuidora os haga la carta sudándole los cojones la selección, sino el rappel de final de año.

Y ya está.
Adiós.

Con amor, Quentin.

Quentin Taranvino
@QTaranvino