viernes, 30 de septiembre de 2016

Primeras, Segundas y Terceras elecciones



Como el resto de los españoles, él también lleva meses oyendo debates en la radio sobre si habrá terceras elecciones y si, de haberlas, serán en Navidad. Fue la otra tarde, al inicio del otoño, en la sección de conservas del supermercado de El Corte Inglés, cuando le dio por pensar que, aunque hubiese tenido que afrontar sus primeras y más trascendentes elecciones cuando era joven, se había pasado toda la vida eligiendo cosas. Ahora, por ejemplo, le toca elegir qué latas se llevará a casa. En las estanterías hay mejillones en escabeche, atún en aceite, berberechos de la ría. Hay también anchoas y sardinas para el bocadillo. Como buen aristotélico está convencido de que si una elección consiste en descartar las opciones que no son deseables, resultará imprescindible un proceso previo de deliberación que establezca cuantas y cuales son las opciones que se tienen. Así que se pone las gafas para ver de cerca y mira. Si se inclina por los mejillones, podrán ser Escuris o Ramón Peña, si por las sardinas, Ortiz o Cuca, si por las anchoas…, vamos a ver qué anchoas hay.

Hasta ahora, en las fiestas navideñas solamente le tocaba escoger, con un mando a distancia en una mano y una copa de champán en la otra, si iba a tomar las uvas junto al cocinero que hubiera salido más veces en la tele, o si iba a pasar el trago forzando la mirada e intentando hallar algún resquicio en el vestido de la Pedroche. A él lo que de verdad le apetece sería olvidar las uvas y empezar el año viendo de nuevo al señor Baxter preparándole a la señorita Kubelik una cena a base de spaghetti con albóndigas, pero al final sabe que terminará como siempre: confundiendo cuartos y campanadas, masticando uvas con desgana y repartiendo besos con ganas. Son tradiciones, como cantaba el violinista en el tejado. Y ¿por qué no? Aunque la tradición sea el argumento favorito de los defensores del maltrato animal en las fiestas españolas, no todas las tradiciones son malas y posiblemente sea la Navidad la mejor época del año para desempolvar algunas de ellas. Por ejemplo la bendición Urbi et Orbi, el mensaje del Rey… ¡Umm!, creo que no voy bien, dejad que piense en otras cosas. A ver, la Marcha Radetzky, los saltos de esquí, unos artículos de broma comprados en algún puesto callejero de la Plaza de Santa Cruz, una copita de anís del Mono, un cava servido en copas de cristal tallado estilo Pompadour, ¡Qué bello es vivir!, una caja de hojalata con mantecados de Estepa, la canción del tamborilero, Cuore de Rita Pavone, el turrón de guirlache de Casa Mira, la empanadilla de Móstoles, una pandereta y una zambomba, las doce uvas…




Mientras espera para pagar en la línea de caja del supermercado se entretiene pensando que elegir es una de las cosas más complicadas a las que debe enfrentarse un ser humano. Benjamin Franklin dijo que las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo. Sin embargo nuestro amigo piensa que se podrían añadir algunas más, como tomar una decisión, doblar sin ayuda las sábanas mojadas de una cama de matrimonio king size, o soportar sin queja una sesión entera del Circo de Teresa Rabal. Llega a la caja y rebusca en la cartera la tarjeta de crédito pensando que preferiría tener que guardar un secreto, perdonar un agravio, aprovechar el tiempo y doblar él solo unas sábanas mojadas enormes, todo a la vez, antes que volver al Circo de Teresa Rabal y oír de nuevo la canción del perrito Napoleón.

Pero, ¿lo veis?, todo son elecciones. Primeras, segundas o terceras. Son innumerables las veces en las que tomó malas decisiones en su vida y más todavía las ocasiones en las que no eligió nada porque no se atrevió, o porque le dio pereza, o porque cualquiera sabe. Cuando mete la pata hasta el fondo se consuela recordando a los Portland Trail Blazers eligiendo a Sam Bowie por delante de Michael Jordan en los draft de la NBA de 1984, o se imagina a Marlon Brando aceptando el papel de Sakini en La Casa de Té de la Luna de Agosto.

También está el azar, claro, y, por eso, aunque él nunca ha escalado ninguna montaña hubo un día en que se encontró con el Everest debajo de sus píes. Fue una tarde de verano en la que salió simplemente a dar un paseo y coincidió con una chica rubia y preciosa con la que comenzó a charlar de cualquier cosa. Y una cosa llevó a la otra y se miraron y se gustaron. Y les dieron las siete, las ocho, las nueve y las diez. Y bebieron y cantaron y rieron. Y les dieron las once, las doce y la una, y se besaron en cada farola. Y les dieron las dos y las tres, y desnudos al amanecer los sorprendió la luna. A veces sí que eligió actuar y no le sirvió de nada. Aún recuerda el día en que fue a un guateque creyendo que había dos chicas que estaban quedadas con él. Entonces se decía así: estar quedado. Tan seguro estaba de sus posibilidades que, con el porte de un torero, cruzó la pista de baile, todavía vacía, con la intención de sacar a bailar agarrado a la que le parecía más guapa. Ella le dijo que no, que gracias, que no le apetecía. Él le dirigió una sonrisa gentil aparentando que encajaba bien sus disculpas mientras, internamente, se cagaba en su puta madre. En el tocadiscos sonaba You’re So Vain, de Carly Simon. Miró a su otra supuesta admiradora y pensó que aunque quizás no fuese tan guapa, no estaba uno para andarse con remilgos. Eran tiempos en los que toda su vida sexual cabía en una mano. En su propia mano, quiero decir. Así que después de infundirse ánimos con un buen trago de sangría cruzó de nuevo la pista de baile, esta vez con el porte de un banderillero, y le preguntó si quería bailar... Bueno, ahora no le apetecía demasiado recordar el final de la historia, pero en cambio sí que recordaba perfectamente la receta de la sangría. Tomad nota: dos litros de un buen vino tinto que tengáis a mano; un par de litros de refresco, uno de limón y otro de naranja, preferiblemente Kas; un par de botellines de vermú Alazán, de aquellos que tenían unas chapas pequeñitas que, forradas de tela, se utilizaban luego como extremos en los partidos de fútbol-chapa que se jugaban en los porches de las casas del pueblo; un chorrito de licor de melocotón, otro de triple seco, azúcar, hielo y unas cuantas piezas de fruta, naranjas y limones, groseramente troceadas.

Pagó la factura, salió a la calle y, después de relamerse con un trago mental de sangría, volvió de nuevo a sus pensamientos. Efectivamente, las decisiones importantes de la vida se suelen tomar en la juventud, primeras elecciones: El Jabato o El Capitán Trueno, Ciencias o Letras, ser pareja formal o ave de paso, comer para vivir o vivir para comer, Menotti o Bilardo, Beatles o Rolling, la revista Triunfo o el diario ABC, pijos o progres, trenca o loden, cine o teatro, chato de vino o caña de cerveza, la tortilla con o sin cebolla… Eligió la tortilla con cebolla. También escogió ser progre y por eso, cuando paseaba en invierno por el Paraninfo de la Complutense, se abrigaba con una trenca con capucha y trabillas de hueso llevando un libro gastado de la Editorial Bruguera, probablemente de Camus o de Cortazar, asomando por alguno de sus bolsillos. Eligió comprarse todos los discos de los Beatles y de los Rolling. Eligió la revista Triunfo y de pronto, un día, la fe que iba y venia, terminó yéndose del todo. Eligió beber vino, aunque no supiera decir si era armonioso, elegante o incisivo; entonces no se hablaba así y a nadie se le hubiera ocurrido decir retrogusto ni ninguna otra cosa por el estilo. Optó por el cine viendo las películas de aventuras que ponían en la tele en las sobremesas de los sábados: El mundo en sus manos, Los vikingos, El halcón y la flecha, Viento en las velas, El prisionero de Zenda… y eligió a John Ford en el mismo momento en que vio a Tom Doniphon yendo a cenar a la casa de comidas de Hallie con una preciosa flor de cactus en la mano. Se enamoró de Gene Tierney el día en que la vio enamorarse de un fantasma. Eligió a Fred Astaire porque bailaba del mismo modo en que Michael Jordan jugaba al baloncesto, es decir, como Dios. Eligió disfrutar con el buen fútbol en vez de sufrir con el malo y prefirió al Real Madrid porque era el equipo de su padre, porque allí jugaba Amancio y porque le gustaba mucho escuchar viejas historias de proezas protagonizadas por un equipo maravilloso que él nunca pudo llegar a ver. Se hizo un poco del Ajax cuando vio por primera vez a Johan Cruyff y soltó una lagrimita el día en que fichó por el Barça. Se hizo también del Cádiz cuando en el Carranza se juntaron el Mágico González y el Beckenbauer de la Bahía.

Está claro que todas fueron decisiones trascendentes. Sin embargo, durante los cuarenta años siguientes su vida había estado llena de opciones intrascendentes, aquellas que podían parecer importantes pero que, en realidad, no lo eran en absoluto: ¿me cambio de empresa?, ¿nos casamos por lo civil?, ¿adónde nos vamos de vacaciones?, ¿me compro la Thermomix? Segundas elecciones.




Ya era tarde. Cruzó por delante de un quiosco de prensa y se topó con los titulares del día: la crisis del PSOE, Angelina y Brad, el nuevo naufragio de una embarcación de inmigrantes Sigue andando mientras piensa que las primeras y las segundas elecciones ya se le van quedando atrás, y que mientras observa las que toma su hija, mucho más sustanciales y decisivas, él simplemente se limita a comprometerse consigo mismo a no elegir jamás, ni en primeras ni en segundas ni en terceras elecciones, a ningún partido que mire para otro lado mientras la gente se ahoga en el Mediterráneo y que, a estas alturas de la vida, ya se va conformando con volver a casa llevando en la mano una bolsa de plástico de El Corte Inglés llena de latas de mejillones, de atún y de sardinas, con ganas de llegar para sentarse en su sillón y emocionarse de nuevo viendo a la señorita Kubelik correr hacia un apartamento en el que el señor Baxter se dispone a celebrar en solitario la Nochevieja.

 Emiliano
@EmilianoTCM

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Redención en tiempos de Vendimia




Me decía un amigo una vez, que un gurú de ésto del vino le dijo, también una vez, que para saber de vino había que pisar viñedo. Más de una vez.

Y un amigo, una vez, le digo a otro amigo, otra vez, que la vez que el viñedo está más bonito es cuando toca vendimiar. Que hay que hacer la vendimia alguna vez para ser un buen winelover de esos que pueden opinar. Más de una vez.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a hacer caso a mi amigo, a mi otro amigo, al amigo de mi amigo y al gurú que le habló a un amigo, y me voy a ir a pisar viñedo en tiempos de vendimia. Que no lo he hecho aún ninguna vez. Y así me redimo. De una vez.

Llamo a mi amigo Pepe, que hace mucho que no hablo con él. Pepe es un winelover de los buenos. Es tan bueno como winelover, que sólo compra vino en las bodegas que va a visitar porque dice que así lo compra un poco más barato; que ahorrándose casi 40€ al año haciendo esto, le pueden ir dando por culo a las tiendas de su pueblo, que 40€ en un año cuestan mucho de ahorrar. Pata negra de winelover.

Quedo con Pepe en una terraza de las de la plaza mayor del pueblo. Al llegar, me encuentro a Pepe hablando con el camarero y explicándole que como la mencía del Bierzo, que no hay nada, que lo demás es una puta mierda.

- Buenos días, Pepe!
- Coño, campeón!!! Siéntate que ahora estoy contigo.

Pepe sigue explicándole al camarero, que lo que tiene que hacer es convencer a su jefe que compre un vino que trae él del Bierzo que se ve que hace un pariente suyo así de estrangi, que si se va a ahorrar una pasta y que es todo en negro y tal. El camarero, un chico que por el acento intuyo que es de Nigeria, le dice que mirará a ver qué puede hacer, que él empezó ayer y aún no tiene mucha confianza con el jefe. Ni contrato, acaba confesando.


- Y qué, campeón, qué te cuentas, me pregunta Pepe.

- Mira Pepe, que tengo un problema.

- Cuenta coño, que para eso estamos.

- Es que nunca he pisado un viñedo, y como tú eres winelover, pues es para ver si me podías asesorar y eso, que es que necesito redimirme, porque una vez, a un amigo mío, un gurú de ésto del vino le dijo, también una vez, que para saber de vino había que pisar viñedo, más de una vez a ser posible. Y otro amigo, una vez, le dijo a otro amigo, que estaba yo delante, que la vez que el viñedo está más bonito es cuando toca vendimiar, que se ve que hay que hacer la vendimia alguna vez para ser un buen winelover de esos que pueden opinar más de una vez.

- Aha muy bien...

- No, no, espera que no he acabado. Así que pensé, que por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a hacer caso a mi amigo, a mi otro amigo, al amigo de mi amigo y algurú que le habló a mi amigo, y me voy a ir a pisar viñedo en tiempos de vendimia, porque no lo he hecho aún ninguna vez y así me redimo, hombre ya, de una vez.

- Muy bien, crack, muy bien. ¿Y yo en qué te puedo ayudar, campeón?

- Pues si me pudieras decir un lugar a donde ir a hacer una vendemia, y cuáles son las normas de protocolo de comportamiento, pues te lo agradecería mucho, Pepe.

- Pues claro, fenómeno, claro que sí. Bien pensado.


A partir de ahí, Pepe me estuvo contando todas las veces que había ido a vendimiar, todas las bodegas que había ido a vendimiar, lo que habían comido en cada una de esas vendimias, lo que habían bebido en cada una de esas vendimias...y lo que habían pagado por ir a vendimiar!

Confieso que por unos momentos vacilé. Eso de pagar por ir a eslomarte, no lo veía muy claro, pero Pepe me dijo que era algo muy bonito, y que al acabar podías comprar vino en la bodega con descuento. Pepe me convenció en el poco rato en el que nos hincamos dos cervezas congeladas que pidió él y que yo no pude rechazar por no hacerle un feo a tal gran winelover.

A mí me gusta ir bien vestido a todas partes, así que igual que el día que fui a hacer yoga me puse la camiseta de mi equipo favorito, el Anderlecht, junto con las botas de futbito de Ronaldinho, ésta vez tenía que dejar el pabellón de winelover bien alto, y decidí tirar la casa por la ventana.

Si en esto del vino hay que mezclarse con la naturaleza, a mí no me iba a reconocer ni dios de lo que me iba a mimetizar.

Ochocientos euros me costó la mimetización, pero la verdad, tampoco era mucho comparado con los 450€ que tuve que pagar por adelantado para poder ir a hacer la vendimia un día. Eso sí, se ve que nos recogerían a todos en un autobús bonito con wifi y todo.

Así que una vez tenía la reserva hecha y la ropa comprada, sólo faltaba esperar. Había que estar en la Plaza Real del pueblo a las 4.30 de la mañana, porque había que conducir un par de horas hasta llegar a la bodega. A mí me sienta mal madrugar, así que decidí que mejor nada de dormir, y me fui de copas con mi amigo Jess Bardosa hasta que llegara la hora D del día H. Jess me llevó a la Plaza Real pocos minutos antes en su coche bonito bonito y me regaló (qué fenómeno) una petaca llena de pitarra de la buena, por si había que remojar el gaznate.

El autobús ya estaba allí cuando llegué, al igual que un montón de winelovers. Éramos unos 60, el autobús iba a petar, y sólo yo iba vestido para la ocasión. Me tocó sentarme al lado de una chica que al principio no hablaba mucho, pero que luego fuimos haciendo buen rollito. Pasados unos 50 minutos en el autobús, la chica me dijo que ella no había pagado, y claro, yo lo flipé.

- ¿Pero es que no eres winelover?
- Sí, sí, soy muy winelover, pero yo no pago por estas cosas. A mí me pagan.
- ¿Cómo? ¿Que te pagan?
- Sí, me pagan. Por la jornada de hoy, 1.250€.
- Coño, ¿y a cambio de qué?
- Pues de escribir, hacer fotos, y luego publicar en mi blog que todo ha sido bonito y que los vinos son estupendos y que la bodega es un espejo en el que se deberían mirar todas las demás.
- Pero...Oye, que yo he pagado una dineral por venir a trabajar para convertirme en winelover de los de verdad.
- Ya, pero es que yo soy blogger y tengo un montón de seguidores, y eso da mucha repercusión.
- Ah, ya entiendo.
...
- Y oye una cosa, ¿y si los vinos no te gustan o la jornada es una mierda?
- Pues miento.
- ¿Así, sin más?
- Sí, claro, son las reglas del juego.


Con el cabreo del dinero, se me olvidó presentarme a la chica simpática que cobraba por opinar, y ella tampoco me dijo su nombre. Estuve buscando luego por google a ver si la veía para poneros una foto suya, en plan informativo, pero como no la encontré, os pongo lo más parecido que supe ver.





Al llegar, pude ver por las ventanas del autobús que la bodega era una bodega ecológica, natural y biodinámica, que no sé qué coño significan pero que es algo guay.

Nos esperaba, al salir del autobús un señor moreno y resultón, que nos pidió que hiciéramos una redonda alrededor suyo. Se puso a hablar en voz alta, bueno, chillando, y nos dijo que él era el winemaker de la bodega y un montón de palabras más en inglés que no entendí nada. También nos dijo que él era el Brad Pitt de los winemakers españoles. Signifique lo que signifique eso.

A los que habíamos pagado, nos pusieron en una fila, y a los que iban a cobrar, los pusieron en otra. Medios, les llamaron a ellos. Winelovers, a nosotros.

Vino a nuestra fila un señor que dijo que él era el Assistant Winemaker, y nos dio instrucciones y unas tijeras de podar. Yo de reojo miraba a los de la fila de 'Medios' con bastante envidia.

Deshechas las filas, tocaba trabajar, pero antes nos invitaron a desayunar un poquito. Bocatas de chopped y zumos de la marca Dia.

Quise tener un aparte con el Winemaker Brad Pitt.

- Hola, me llamo Quentin. Quentin Taranvino.
- Hola, qué tal, campeón! Gracias por venir. A mí todos me llaman Brad Pitt
- Sí, sobre eso quería hablarte.
- ¿Ah, si?
- Sí, por eso te he dicho que sobre eso quería hablarte, te lo estaba afirmando, Brad.
- Sí, claro. Dime, dime.
- Es que yo soy Quentin, no, pero claro, tú eres Brad Pitt, y el enano ese que es ayudante tuyo dice que se llama Assistant.
- Sí.
- Pues quería preguntarte si sería posible que durante el día de hoy, y teniendo en cuenta la pasta que me ha costado esto, pues que me llamárais de otra manera, así molona como la vuestra.
- Claro! Sin problema. ¿Has pensado en algo?
- Mark Whalberg. Hoy quiero que me llaméis Mark Whalberg. El de El Francotirador.
- Sí, claro, no hay problema.

Acto seguido, cuando ya todo el mundo se había zampado los bocatas de chopped, Brad Pitt empezó a gritar, y el enano ayudante suyo, Assistant, nos puso a todos a trabajar. Bueno, a todos no, a los cabrones esos de 'Media', les dijeron que hicieran lo que quisieran, que visitasen la bodega, catasen los vinos, hiciesen fotos o lo que les diera la gana.

Yo, que iba vestido de camuflaje, empecé a moverme sigilosamente. Seguí a Brad Pitt y a Assistant. Me enfureció escuchar cómo Brad Pitt le decía a Assistant que yo era un tarao que le había dicho que si me podían llamar Mark Whalberg. Me cago en sus muertos. Ese no sabe con quién se ha metido.

Decidí que iba a trabajar su puta madre, y me dediqué a sacar fotos y a hacerme selfies de esos.
Aquí estoy al lado de una viña prefiloxérica.


Aquí tumbado rascándome los huevos.


Y aquí, apoyado en un lagar de piedra donde dicen que hacen vino, pero que está tapado con tochos y cemento por dentro.




Así que después de jugar un rato a pasar desapercibido, me fui detrás de los de 'Media', que a su vez iban detrás de Brad Pitt y de Assistant. 

Se metieron en la bodega, y empezaron a hablar. Bueno, el que hablaba todo el rato era Brad Pitt, que no dejaba que Assistant contestara ni a una sola pregunta, y estaba todo el rato diciendo que su interpetación de no sé qué y su interpretación de no sé cuánto. Joder con el intérprete.

Me cansé de tanta tontería, y decidí visitar la bodega por mí mismo.

Llegué a una sala donde había unas vasijas de barro bastante grandes. En unas había una especie de radiador dentro, y en otras, que ya tenían uva y sonaba cri cri, había botellas de agua congeladas dentro. Seguí caminando, y me encontré con una sala llena de botas de vino muy grandes. Aquí debe ser donde harán el vino, pensé. Y se ve que se les había caído algo al suelo, o alguien había vomitado, o algún percance así, porque tenían un montón de bolsas que ponía 'Boisé - Chips de Madera'. Bueno, mi madre siempre usaba serrín si un día alguien vomitaba o el perro se hacía sus cositas en  casa.

Al pasar por un pasillito estrecho, me di un golpe en la rodilla con un mueble que estaba enganchado contra la pared. Estaba etiquetado. No tocar, ponía. Tartárico. Bueno, decidí no tocar.

El pasillo era tan estrecho que no pude evitar darme un costalazo contra una lámpara de gasolina que iluminaba el pasillo, y al caer encima mío la repelí como pude, con tan mala suerte que la envié a la papelera que había en el despacho al que estaba a punto de llegar. Todo empezó a arder muy rápido. En acto heroico, aunque esté feo que yo lo diga, salvé el portátil de Brad Pitt, y salí zumbando de aquel infierno. Le hubiera devuelto el portátil a Brad Pitt de no ser que me estuvo maldiciendo un buen rato mientras intentaba alcanzarme. Si se hubiera quedado a apagar el fuego en lugar de perseguirme, igual se hubiera salvado algo de su bodega. Putos hippies, a quién coño se le ocurre poner una lámpara de gasolina. Hay que ser gilipollas.

El portátil, llenito de fotos de Brad y Assistant en la playa este verano (no pude evitar chafardear), lo tiré a un pozo que encontré por los campos mientras volvía a casa corriendo a tope.

A mí, esto de la vendimia, pues no sé. Que sólo una vez.


Quentin Taranvino
@QTaranvino

martes, 27 de septiembre de 2016

Diario de una Wine Star - Semana 4


19 de Septiembre. He estado unos días sin escribir, pero es que he tenido mucho sarao de nivel.

Los eventos me encantan. Ayer tuve comida con prensa para probar el nuevo menú de un sitio que a nadie le importa y que cerrará al año. Yo siempre aclaro que en el tema vino tengo criterio, pero la gastronomía, más allá de hacer la foto en el Michelin de turno, tampoco me mata y, por supuesto, no tengo ni puta idea.

Pero me dicen que da igual, ya que a la que lleva la comunicación del local lo único que le importa son mis seguidores y fama. Lo más grande es que mi opinión ni siquiera fue la más mierda.

Y es que la reunión estaba llena de blogueros Lifestyle. Esos que ponen fotos suyas o sacadas de “Google Imágenes” y crean frases parida como “esto es ideal”, “me vuelve loco”, o “me chifla”. Es decir, escribir como si los que te siguieran fueran adolescentes con problemas de identidad y autoestima.

Lo bueno es que he copiado el estilo y funciona “divinamente”!




20 de Septiembre. Se ha publicado mi tercera entrega del diario y aunque la gente se ríe, la mayoría piensa que se me está yendo la mano por salvaje.

Sigo insistiendo en que no conocéis ni la mitad de los abusos: si en vez de leer tuvierais que compartir espacio o mantel con ellos… a ver lo que os duraba vuestro dulce lenguaje del país de la gominola.

Además, que es muy gracioso luego encontrarse con gente a la que critico ferozmente, pero que no se da cuenta, porque no se dan por aludidos (hay un caso de lo más divertido), o porque directamente ni me leen y eso que van por ahí diciendo que siguen a Colectivo Decantado que es muy trendy. JA!

Los winestars, putapénicos y recalcitrantes solo se leen a sí mismos. La única excepción es cuando alguien mete la pata: ahí sí que todos lo leemos para hacer la carnicería del día.

23 de Septiembre. Hoy toca visitar una bodega. Nos han invitado a un escogido grupo para ir a ver una legendaria casa que no es visitable para la chusma que realmente les compra.

Visitar bodegas me gusta. Pero, sobre todo, por la cata en sí y poder trastear y saquear alguna botella especial o antigua. Me gusta mucho cómo huele la sala de barricas o interactuar con, normalmente, la pasión del que hace el vino.

Pasión que, a veces, se les va de madre y te dan una vuelta por la viña que, la verdad, no veo que venga siempre a cuento.

Las hay que son una preciosidad en un monte en altura, o con unas vistas espectaculares y demás singularidades que todo el mundo comprende como atractivas.

Pero cuando te empiezan a dar rulos por auténticos sembrados desnudos o casi directamente descampados durante un par de horas subiendo y bajando del todoterreno, con el solazo y los insectos voladores, es como para pensárselo.

Y ya lo que no aguanto es cuando una Winestar con atrofia se pone a hacer fotos al lado de la viña o similares como si fuera un nativo de pro o un especialista en nudos, poda y terroirs.

Porque estos paseos sirven mucho para eso: para hablar machaconamente del terroir y ponerse todo lo lírico y cursi que quepa.

Luego estos son los que cogen una mañana doscientas botellas y empiezan a publicar sus puntitos de mierda por todos los lados. Pero sí: la viña te importa muchísimo. Y el terroir y los cervatillos.

Además como suele ser gente con problemas de movilidad, estas excursiones se hacen eternas y verlos sudar es de lo más desagradable.

24 Septiembre. Hubo liada guapa. Esto estuvo de lo más divertido. Si es que no se puede mezclar tanta Winestar. Os cuento:

En la visita de ayer, hubo un momento que me llegó el dueño de la bodega porque le habían dicho que una vez puse mal un vino suyo (es verdad: soy de las pocas que habla mal de vinos en público) y me quiso enseñar la zona donde se hace para que, según él, contextualice el producto.

Yo me pensaba que me golpearía y me dejaría tirada en una cuneta, o que iba a vivir un Alcasser vínico. Pero no: fue un tour de lo más agradable.

Que el vino este me sigue pareciendo una mierda. Pero lo pasé bien.

El caso es que cuando llegamos, las winestars restantes se lo tomaron muy a mal. MUY a mal. Y le echaron en cara a este señor no haberles incluido en esta subtrama del evento.

Y como ya iban pedal, pues le insultaron y le gritaron y le dijeron que como yo soy delgada y mona, quedo muy bien en las fotos, pero que ellos llevan la hostia en esto y merecen un respeto.

Evidentemente aquí se acabó la visita.

A la que nos invitó la han despedido.

No me digáis que mi vida no mola.



Colectivo Decantado
@CDecantado